domingo, 22 de enero de 2017

¿Qué haré entonces con Jesús? - Autor: Charles Leiter


Tratado traducido a petición de su autor. No hay video.
Traductores: Eliana (yo) y Jason.

Versión original aquí:
https://lakeroadchapel.org/~lakeroad/cms-assets/documents/87872-337795.what-shall-we-do-with-jesus.pdf


¿Qué haré entonces con Jesús?
Tal vez es apropiado que las palabras del gobernador romano Poncio Pilato, pronunciadas muy poco antes de la crucifixión de Jesús de Nazaret, sirvan como un título para este breve tratado casi dos mil años después (Mateo 27:22). La situación enfrentada por Pilato y la enfrentada por cada uno de nosotros es, al fin y al cabo, la misma: ¿Qué haremos con esta problemática persona llamada Jesús? Para nosotros, como para Pilato, no hay escape al dilema: No podemos evitar tomar una decisión de algún tipo.
Pilato se sintió incómodo con Jesús. Era obvio que los líderes religiosos lo habían entregado por envidia y que Él no había cometido crímenes dignos de muerte. Además, había un aura misteriosa acerca de este Hombre que se condujo con tanta calma y autoridad, que no respondió a las falsas acusaciones en Su contra, y que habló de un “reino que no es de este mundo”. Y, como si esto fuera poco, la esposa de Pilato había recibido una premonición distinta en cuanto a que él no debería tener nada que ver con Jesús. Sin embargo, a pesar de su sensación interna de la injusticia y de lo incorrecto de todo aquello, Pilato pronto sucumbió a las presiones de la multitud y entregó al más santo de todos los hombres a la muerte vergonzosa de la cruz (Mateo 27:11-26; Lucas 23:20; Juan 18:33-38). Es nuestra esperanza que algunos de los que lean estas líneas dejen de seguir los pasos de Pilato, y reconozcan a Jesucristo como su Señor y Dios.
LAS CUATRO ALTERNATIVAS
Debemos señalar, en primer lugar, que ser “neutral” con respecto a Jesucristo es imposible. Jesús mismo dejó muy en claro esto: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama”. (Mateo 12:30). O estaremos entre aquellos que aman y siguen a Jesús, o entre los que lo odian y buscan destruirlo; no hay posición intermedia. La situación ha sido a menudo resumida por los apologistas cristianos en términos de cuatro opciones: Por un lado, reconocemos a Jesús como la Verdad. Por otro lado, nos negamos a reconocer sus declaraciones y, por consiguiente, afirmamos automáticamente (aunque tal vez sin darnos cuenta) que creemos que es un mentiroso, un lunático, o una leyenda.
Las razones para resumirlo así deben estar claras: Jesús de Nazaret hizo afirmaciones con respecto a Sí mismo que son absolutamente incomparables dentro de los líderes religiosos del mundo. Él afirmó tener el poder para perdonar pecados y el derecho a recibir adoración de parte de Sus semejantes. Demandó devoción absoluta hacia Él, y prometió a los hombres dones divinos tales como paz y vida. Afirmó ser el Hijo único de Dios, y dijo que vendría en poder y gran gloria al final del mundo para juzgar a todos los hombres. Enseñó que Él no tenía pecado y que era moralmente perfecto. Expuso Sus enseñanzas como absolutamente autoritativas, diciendo que incluso Sus propias palabras provenían directamente de Dios.
Él afirmó ser la Luz y el Salvador del mundo entero... Por consiguiente, cuando rechazamos la verdad de las palabras de Jesús, nos quedamos con pocas alternativas en cuanto a Su verdadera naturaleza. Un hombre que afirmó ser todo lo que Jesús afirmó ser y, sin embargo, no lo era, tuvo que haber sido un engañador deliberado, un psicótico o un mito —todas las demás posibilidades son, a lo sumo, sólo combinaciones de estas tres. Sin embargo, cuando consideramos la vida de Jesucristo, cada una de estas “posibilidades” resulta ser tan imposible, que no habría necesidad de refutarlas si no fuera por la dureza de los corazones de los hombres.
MENTIROSO - Jesús sostuvo que era Dios, pero sabía que no lo era.
Para cualquiera que haya leído el relato evangélico de las palabras y los hechos de Jesús con entendimiento moral verdadero, la mera sugerencia de que Él era un mentiroso es claramente absurda y no requiere refutación. La integridad de Cristo es incuestionable. Incluso el historiador irlandés Lecky reconoció que “el carácter de Jesús no sólo ha sido el más alto patrón de virtud, sino el más fuerte incentivo para su práctica, y ha ejercido una influencia tan profunda que bien podría decirse que el simple registro de tres cortos años de vida activa han hecho más para regenerar y suavizar a la humanidad que todas las disquisiciones de los filósofos y todas las exhortaciones de los moralistas”.
Las enseñanzas éticas de Jesús fueron incomparablemente sublimes y Su propio carácter un modelo de excelencia moral. Odiaba y denunciaba la hipocresía en otros, y Él mismo era transparentemente sincero y candoroso. Habló del diablo como “el padre de la mentira” (Juan 8:43-45), pero declaró que Él mismo había venido al mundo para “dar testimonio de la verdad” (Juan 18:36-37). “Si no fuera así, os lo hubiera dicho”, aseguró a Sus discípulos (Juan 14:1-2).
Ciertamente no hay lugar aquí para la idea de que Jesús basó toda Su vida y enseñanzas sobre “una mentira colosal en cuanto a Su verdadera naturaleza” (Montgomery). Las novelas, las películas y los álbumes de discos que han aparecido en los últimos años retratando a Jesús de una manera retorcida, no nos dicen nada sobre el verdadero Cristo de la historia; pero sí nos dicen mucho acerca de la terrible enfermedad moral de nuestra propia generación. Todos los que van contra la sanidad moral y eligen inventar su propia versión pervertida del Jesús histórico, bordean peligrosamente cerca del “pecado imperdonable” del que Él habló. Incluso en Su día hubo quienes sintieron la presión del Espíritu de Dios sobre ellos, supieron que estaban en presencia de la Bondad encarnada y, sin embargo, eligieron atribuir todo al diablo (Marcos 3: 22-30).
LUNÁTICO - Jesús creyó ser Dios, pero en realidad no lo era.
Hay muchos en nuestros días que manifiestan delirios de grandeza, pensando que son Dios —o Napoleón. Ellos son correctamente catalogados como locos, trastornados y desequilibrados. Sin embargo, Jesús hizo afirmaciones a favor de Sí mismo que no son menos extravagantes que las hechas por muchos que en este momento son pacientes en salas psiquiátricas.
Como J.W. Montgomery lo expresó: “Sé que se llamaría de inmediato a los hombres de los delantales blancos si yo seriamente hiciera acerca de mí mismo las afirmaciones que hizo Jesús”. Sin embargo, la “posibilidad” de que Jesús estuviera engañado es muy fácilmente desechada. Es tan claramente necia que no hay necesidad de hacer una defensa (Juan 10:20-21). “¿Está un intelecto tan grande —claro como el cielo, vigorizante como el aire de la montaña, agudo y penetrante como una espada, totalmente sano y vigoroso, siempre listo y siempre auto-controlado— expuesto a un radical y al más grave delirio con respecto a su propio carácter y misión? ¡Imaginación disparatada!”.
(Schaff) La posibilidad de que Jesús estuviera engañado acerca de Sí mismo es descartada inmediatamente una vez que entendemos Sus parábolas, observamos Su vida perfecta, nos formamos una idea acerca de Su compostura y equilibrio bajo presión, o escuchamos las respuestas que Él da cuando está bajo interrogatorio. ¡Si sólo fuéramos tan cuerdos como Jesús! C.S. Lewis lo dijo bien: “La discrepancia entre la profundidad y la cordura y (permítanme añadir) la perspicacia de Su enseñanza moral, y la megalomanía desenfrenada [un estado psicológico caracterizado por delirios de grandeza] que debe estar detrás de Su enseñanza teológica, a menos que Él sea realmente Dios, nunca ha sido superada satisfactoriamente”.
LEYENDA - Jesús realmente nunca afirmó ser Dios; las palabras atribuidas a Él fueron en realidad inventadas por otros.
Esta “posibilidad” final de que Jesús no es más que una leyenda es sostenida de una manera algo nebulosa por multitudes de estudiantes universitarios incrédulos, pero no tiene nada más para sostenerla que las dos anteriores. Una vez más, aquellos que han contemplado con cordura la persona retratada en los registros de los evangelios saben que Él está completamente más allá del alcance de la invención humana. “Un personaje tan original, tan completo, tan uniformemente consistente, tan perfecto, tan humano y, sin embargo, tan por encima de toda grandeza humana, no puede ser ni un fraude, ni una ficción. El poeta, como se ha dicho, sería en este caso mayor que el héroe. Se necesitaría más que un Jesús para inventar a Jesús” (Schaff).
En palabras de Gresham Machen: “El Jesús de los Evangelios ciertamente no es el producto de la invención o del mito; Él está enraizado demasiado profundo en las condiciones históricas; Él se eleva demasiado por encima de aquellos que por cualquier posibilidad pudieran haberlo producido”. (Énfasis nuestro.) ¡No hay absolutamente ninguna base para sugerir que el Jesús histórico no es más que pura invención de un grupo de fanáticos religiosos febriles!
Además, la idea de que entusiastas seguidores de Jesús de los siglos II y III comenzaron a falsear Su grandeza y a poner palabras en Su boca que a Él le habría choqueado escuchar, no puede mantenerse en pie a la luz de la investigación histórica. La evidencia de que las biografías de Cristo fueron escritas dentro de la vida de Sus contemporáneos es ahora tan fuerte, que incluso el ya desaparecido William F. Albright llegó a sostener que “cada libro del Nuevo Testamento fue escrito por un judío bautizado, entre los años cuarenta y los años ochenta del siglo I d. C. (muy probablemente en algún momento entre los años 50 y 75 d. C.)”. Hasta su muerte en 1971, el Dr. Albright fue considerado como el principal de los arqueólogos bíblicos estadounidenses. Es significativo que él llegara a estas conclusiones, a pesar de su visión algo “liberal” de la Biblia.
¡Piénsalo! Fue durante la vida de cientos de aquellos que lo habían visto y oído que las primeras biografías de Jesús fueron escritas (Jesús fue crucificado alrededor del año 30 d. C.). Un simple mito acerca de Cristo, en la forma del evangelio, sacado de la nada y sin relación con la realidad, haber ganado la aceptación de los primeros cristianos cuando todavía había tantos testigos oculares entre ellos, no es creíble.
Si los seguidores de Jesús lo hubieran elevado falsamente al estatus de Mesías contra sus propios deseos, entonces esperaríamos que su Jesús fabricado se pareciera al “Mesías” político y militar que la gente esperaba que apareciera. Lo contrario es cierto, en realidad. Citando nuevamente a Montgomery: “Históricamente se puede probar sin lugar a dudas que en cada punto importante, la concepción de Jesús de sí mismo como Mesías difirió radicalmente de las concepciones que tenían todos los partidos entre los judíos”. En resumen, “la gente de ese tiempo quería un Mesías como un rey, no un Siervo sufriente; ellos querían un libertador político humano, no un Salvador espiritual divino”. (Pinnock)
Es igualmente imposible que los apóstoles originales hayan tramado el engaño y deificado a Jesús. La transformación de un simple Jesús moralista en un Cristo divino es una tarea de la que ellos eran psicológica, moral y religiosamente incapaces. Cada uno de ellos había sido educado en siglos de monoteísmo judío y era muy lento de visualizar y de aceptar la verdadera significancia de Jesús. Y, en cualquier caso, “¡ellos difícilmente habrían estado preparados para morir por algo que, en su mayor parte, ellos mismos hubieran inventado engañosamente!” (Pinnock)
Con la debilidad y la bancarrota de estas “alternativas” en mente, volvamos a las palabras de Pilato. “¿Qué haré entonces con Jesús?” Esta pregunta es de una importancia insondable. Según el Señor Jesucristo, responderla indebidamente es perecer para siempre: “ … Porque si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados” (Juan 8:24). Es más, nadie puede escapar dando a ella una respuesta de una cierta clase. No tomar ninguna decisión por Jesucristo es ya decidir contra Él. Negarse a reconocer la verdad de Sus afirmaciones es automáticamente aplicarle a Él el mayor de los insultos. Con Jesús, una tregua no es posible.
A menudo se les pregunta a los cristianos qué se necesitaría para que abandonaran su fe. Bien podemos dirigir la pregunta a nuestros amigos incrédulos. “¿Qué haría falta para que abandonaras tu incredulidad?” En un sentido, no buscamos que los hombres crean en Cristo, sólo buscamos que dejen la incredulidad! —Que dejen de suprimir lo que saben que es verdad y se vuelvan de la cisterna seca y rota de la autonomía humana a la fuente de las aguas vivas. “Y el que tiene sed, venga.” (Jeremías 2:13; Apocalipsis 22:17).
Charles Leiter


sábado, 17 de septiembre de 2016

Mero Cristianismo libro I, charla 5 - Autor: C. S. Lewis.

(13:52 min, publicado por CSLewisDoodle)


Título en inglés: Mere Christianity by C.S. Lewis Doodle (BBC Talk 5/Chapter 2)


Título en castellano: Mero Cristianismo, por C.S. Lewis Doodle. (BBC charla 5/Libro 1, capítulo 2)
(Charla emitida el 3 de septiembre de 1941; en el video dice 13 agosto 1941, pero en la descripción el autor corrige la fecha)


Notas del autor del video en la descripción:
Esta charla fue llamada “Algunas Objeciones” en el capítulo 2 del libro ‘Mero Cristianismo’ de Lewis.


Las ilustraciones [a continuación del texto leído] de la Ley moral/Ley natural encontradas en otras épocas y culturas se tomaron del apéndice del libro ‘La Abolición del hombre”, por C. S. Lewis, disponible para verse aquí: http://www.amazon.com/Abolition-Man-C...


Usted puede encontrar el libro aquí: http://www.amazon.com/Mere-Christiani...


(Esta emisión tuvo lugar en el cenit del poder nazi, con la rápida invasión de Rusia, a toda marcha, tomando prisioneros a cientos de miles de soldados soviéticos.)


Corrección: Descubrí en revistas antiguas que esta emisión en realidad tuvo lugar el 3 de septiembre de 1941, y fue transmitida como la charla #5 de la serie; se llamó ''Preguntas de los radioescuchas/radioyentes”.


Notas de la traductora:
1) Usé como base esta traducción de “Mero cristianismo’: https://elteologillo.files.wordpress.com/2012/08/13294388-mero-cristianismo.pdf

2) Lewis usa la palabra ‘quislings’ (=colaboracionistas, colaboradores), que traduzco como traidoras** (y marco con asteriscos). En terminologia militar, un colaboracionista es un traidor que ayuda a una fuerza enemiga ocupando su país [en este contexto, la tierra].
Esta palabra empezó a usarse después de que Vidkun Quisling (1887-1945) oficial militar noruego y nominalmente primer ministro después de la ocupación alemana de Noruega colaborara con los nazis durante la ocupación (1940-1945). Fue encontrado culpable de alta traición en el juico de Noruega posterior a la II Guerra Mundial y ejecutado por un pelotón de fusilamiento.

Mero Cristianismo, por C. S. Lewis.


Algunas objeciones (a la idea de una Ley Moral universal).


Algunas de las cartas que he recibido muestran que un buen número de personas encuentra difícil comprender qué es esta Ley de la naturaleza humana, o Ley moral, o Regla del comportamiento decente.
Por ejemplo, algunas personas me escribieron diciendo: ”¿Lo que usted llama Ley moral no es simplemente nuestro instinto gregario que no se ha desarrollado del mismo modo que los demás instintos?”.
Bueno, yo no niego que podamos tener un instinto gregario; pero eso no es lo que quiero decir con ‘la ley moral’. Todos sabemos lo que se siente al ser impulsados por instinto: por el amor maternal, o el instinto sexual, o el instinto por la comida. Significa que uno siente una intensa necesidad o deseo de actuar de una determinada manera. Y, claro, a veces sí sentimos ese tipo de deseo de ayudar a otra persona; y sin duda ese deseo se debe al instinto gregario. Pero sentir un deseo de ayudar es muy diferente de sentir que uno debería ayudar, lo quiera o no.
Suponga que oye un grito de auxilio de un hombre en peligro. Probablemente usted sentirá dos deseos: uno, un deseo de prestar ayuda (debido a su instinto gregario); el otro, un deseo de mantenerse a salvo del peligro (debido al instinto de conservación propia [autopreservación]). Pero dentro de usted encontrará, además de estos dos impulsos, una tercera cosa que le dice que debería seguir el impulso de prestar ayuda, y reprimir el impulso de escapar. Bien, esta cosa que juzga entre dos instintos, que decide cuál debe ser alentado, no puede ser ninguno de ellos. Usted podría decir también que la partitura de música que le indica, en un momento dado, tocar una nota del piano y no otra, es ella misma una de las notas del teclado. La ley moral nos indica qué canción tenemos que tocar; nuestros instintos son meramente las teclas.

Otra forma de ver que la ley moral no es simplemente uno de nuestros instintos es ésta: Si dos instintos están en conflicto, y no hay nada en la mente de una criatura excepto esos dos instintos, es evidente que debe ganar el más fuerte de los dos. Pero en esos momentos en que estamos más conscientes de la ley moral, ésta normalmente parece estar diciéndonos que nos pongamos del lado del más débil de los dos impulsos. Probablemente usted desee estar a salvo, mucho más de lo que desea ayudar al nombre que se está ahogando; pero la ley moral le dice que lo ayude, de todas formas. Y ciertamente, a menudo nos dice que tratemos de que el impulso correcto sea más fuerte de lo que naturalmente es.
Quiero decir, a menudo sentimos que es nuestro deber estimular el instinto gregario, despertando nuestra imaginación, suscitando nuestra compasión, etc., a fin de que tengamos fuerzas suficientes para hacer lo correcto. Pero claramente, no estamos actuando por instinto cuando nos disponemos a hacer que un instinto sea más fuerte de lo que es. Lo que le dice a usted: “Tu instinto gregario está dormido. Despiértalo”, no puede ser el instinto gregario mismo. Lo que le dice a usted cuál nota del piano debe ser tocada más fuerte no puede, ella misma, ser esa nota.


Esta es una tercera manera de verlo: Si la ley moral fuera uno de nuestros instintos, deberíamos ser capaces de señalar a algún impulso en particular adentro de nosotros —el cual fuera siempre lo que llamamos “bueno”— siempre de acuerdo con la norma del comportamiento correcto. Pero no se puede. No hay ninguno de nuestros impulsos que la ley moral no pueda, a veces, decirnos que reprimamos; y ninguno al que no pueda, a veces, decirnos que alentemos. Es un error pensar que algunos de nuestros impulsos —digamos, el amor maternal, o el patriotismo— son buenos; y otros, como el instinto sexual o el instinto de lucha, son malos. Todo lo que queremos decir es que las ocasiones en que el instinto de lucha, o el deseo sexual necesitan ser refrenados, son bastante más frecuentes que las de refrenar el amor maternal o el patriotismo. Pero hay situaciones en las que el deber de un hombre casado es alentar su impulso sexual, y de un soldado alentar el instinto de lucha.
Hay también ocasiones en las que el amor de una madre por sus propios hijos, o el amor de un hombre por su propio país tienen que ser reprimidos, o van a conducir a injusticia hacia los hijos de otras personas, o países. Estrictamente hablando, no hay cosas tales como impulsos buenos o malos. Piense otra vez en un piano. No tiene dos tipos de notas, las notas “correctas” y las “equivocadas”. Cada nota es correcta en un momento dado, y equivocada en otro. La ley moral no es algún instinto en particular, o algún conjunto de instintos: Es algo que compone una especie de melodía (la melodía que llamamos bondad, o conducta adecuada), al dirigir los instintos.
A propósito, este punto es de gran consecuencia práctica. Lo más peligroso que usted puede hacer es tomar cualquier impulso particular de su propia naturaleza y establecerlo como aquello que usted tiene que seguir a toda costa. No hay un solo impulso que no nos convierta en demonios si lo establecemos como una guía absoluta. Usted podría pensar que el amor hacia la humanidad en general estuviera a salvo, pero no lo está. Si usted deja fuera la justicia, se encontrará quebrantando acuerdos y falseando pruebas en juicios “en bien de la humanidad” y se convertirá, al final, en un hombre cruel y traidor.  


Otras personas me escribieron diciendo: “¿Lo que usted llama la Ley moral no es simplemente una convención social, algo que se nos inculca por educación?” Creo que hay un malentendido aquí. Las personas que hacen esa pregunta suelen dar por sentado que si hemos aprendido algo de nuestros padres o maestros, entonces eso debe ser meramente una invención humana. Pero evidentemente, eso no es así. Todos aprendimos las tablas de multiplicar en el colegio. Un niño que creció solo en una isla desierta no las sabría. Pero, ciertamente, no se infiere que las tablas de multiplicar son simplemente una convención humana, algo que los seres humanos han inventado para sí mismos y podrían haber hecho diferente si lo hubieran querido. Estoy completamente de acuerdo en que aprendemos la norma del comportamiento decente de los padres y maestros, y los amigos y los libros, como aprendemos todo lo demás. Pero algunas de las cosas que aprendemos son meras convenciones que podrían haber sido diferentes —aprendemos a mantenernos en el lado izquierdo de la calle, pero la norma podría haber sido también que nos mantuviéramos a la derecha [habla de Inglaterra] —y otras de ellas, como las matemáticas, son verdades reales. La pregunta es: ¿A qué tipo pertenece la Ley de la naturaleza humana?


Hay dos razones para decir que pertenece al mismo tipo que las matemáticas. La primera es, como dije en la primera emisón, que aunque hay diferencias entre las ideas morales de una época, o las de un país y las de otro, las diferencias no son en realidad muy grandes —ni de lejos tan grandes como la mayoría de la gente imagina— y usted puede reconocer la misma ley operando en todos ellos; mientras que las meras convenciones, como las normas del tránsito, o el tipo de ropa que la gente use, pueden diferir de alguna manera.
La otra razón es ésta: Cuando usted piensa en estas diferencias entre la moralidad de un pueblo y otro, ¿piensa que la moralidad de un pueblo es en algún momento mejor, o peor, que aquella del otro? ¿Algunos de los cambios han sido mejoramientos? Si no, entonces desde luego no podría haber habido ningún progreso moral. Progreso significa no sólo cambiar, sino cambiar para mejor. Si ningún conjunto de ideas morales fuera más verdadero, o mejor que otro, no tendría ningún sentido preferir la moral civilizada a la moral salvaje, o la moral cristiana a la moral nazi. De hecho, naturalmente, todos creemos que algunas moralidades son mejores que otras. Creemos que algunas de las personas que intentaron cambiar las ideas morales de su época fueron lo que llamamos reformadores o pioneros —personas que comprendieron la moralidad mejor que sus vecinos.
Pues bien entonces, en el momento en que usted dice que un conjunto de ideas morales puede ser mejor que otro está, de hecho, midiéndolo por una norma, diciendo que uno de ellos se ajusta a esa norma mucho más que el otro. Pero la norma que mide dos cosas es algo que es diferente de ambas. De hecho, usted está comparándolas con una ‘moralidad real’, admitiendo que existe algo como un real ‘Bien’ independiente de lo que la gente piense, y que las ideas de algunas personas se acercan más a ese Bien real que otras.
O dicho de esta manera: Si sus ideas morales pueden ser más verdaderas, y las de los nazis menos verdaderas, debe haber algo —alguna Moralidad real—  para que ellas se aproximen más a la verdad. La razón por la que su idea de Nueva York pueda ser más verdadera o menos verdadera que la mía es que Nueva York es un lugar real, que existe completamente aparte de lo que piense cualquiera de nosotros dos. Si cuando cada uno de nosotros dijera “Nueva York” cada uno quisiera decir meramente “la ciudad que estoy imaginando en mi cabeza”, ¿cómo podría uno de nosotros tener ideas más verdaderas que el otro? No habría ninguna pregunta acerca de verdad o falsedad en absoluto.
Del mismo modo, si la norma del comportamiento decente significara simplemente “lo que cada nación apruebe”, no habría ningún sentido en decir que cualquier nación hubiera estado alguna vez más correcta en su aprobación que alguna otra; ningún sentido en decir que algún día el mundo podría mejorar o empeorar moralmente.

Concluyo entonces que, pese a que las diferencias entre las ideas de la gente acerca del comportamiento decente a menudo hacen sospechar que no hay en absoluto una Ley real natural de comportamiento, al final, las cosas que tendemos a pensar [que inevitablemente pensamos] acerca de estas diferencias realmente prueban justo lo contrario.

Pero, una observación antes de terminar. He conocido personas que exageran las diferencias, porque no han distinguido entre diferencias de moralidad y diferencias de creencia acerca de hechos. Por ejemplo, un hombre me dijo: “Trescientos años atrás había gente en Inglaterra que mataba a las brujas. ¿Era eso lo que usted llama la Regla de la naturaleza humana o Conducta correcta?”
Pero verdaderamente, la razón por la que no ejecutamos brujas es porque no creemos que haya semejantes criaturas. Si fuera así —si realmente pensáramos que había gente pasando de un lugar a otro, que se había vendido al diablo y recibido de él poderes sobrenaturales a cambio y estaba usando estos poderes para matar a sus vecinos, o volverlos locos, o provocar mal tiempo— seguramente estaríamos todos de acuerdo en que si alguien merecía la pena de muerte, entonces estas sucias traidoras**  la merecían.
Aquí no hay diferencia de principio moral: La diferencia es simplemente acerca del hecho propiamente tal. Puede ser que no creer en brujas sea un gran avance en conocimiento: No hay avance moral en no ejecutarlas, cuando no se cree que estén ahí. Usted no llamaría a un hombre ‘compasivo’ por dejar de poner trampas para ratones, si él lo hizo porque creyó que no había ratones en la casa.





(Final del video, luego que termina la lectura del texto de la charla.)


(Como si escrito en una máquina de escribir)
Algunas ilustraciones... (de la Ley Moral universal)



‘Yo no he asesinado hombres.’
(Egipcio antiguo. De las ‘Confesiones del alma justa’)


* El asesinato considerado malo.




‘Yo vi en Náströnd (= infierno)... seductores de esposas de otros.’
(Nórdico antiguo, Völuspá [primer y más conocido de los poemas anónimos atribuidos a a la antigua Escandinavia; mitologia del paganismo nórdico])


*El adulterio considerado malo.



‘Yo no recurrí al engaño, ni hice falsos juramentos.’
(Anglosajón, Beowulf [puede ser el más antiguo poema épico anglosajón])


*El robo considerado malo.




‘Si el nativo hacía un “hallazgo" de cualquier tipo (por ejemplo, un árbol ‘de miel’) y lo marcaba, de ahí en adelante estaba asegurado para él, en lo que concernía a los miembros de su propia tribu, sin importar cuanto tiempo lo dejaba [no estaba ahí desde que lo encontró]."
(Aborígenes australianos.)


*Los derechos de propiedad respetados.


‘No pronuncie ninguna palabra que pueda herir a alguien.’
(Indio antiguo, Ley de Manu [antiguo texto legal hindú].)


*Los insultos considerados malos.



'Si es atacado, esté dispuesto a morir por el Buen camino’.
(Chinesco antiguo, Analects [colección de dichos e ideas atribuidos al filósofo Confucio y sus contemporáneos].)


*El coraje y la abnegación considerados correctos.

‘El hombre debe preferir la muerte a la esclavitud y las obras deshonrosas [viles].
(Romano, Cicerón, [‘De Officiis i, xxii’] .)


*Evitar las malas obras a cualquier precio.


‘Verá que ellos se encarguen de ... las viudas, los huérfanos y los ancianos, nunca reprochándolos.’
(Nativo norteamericano)


*La generosidad considerada correcta.



'Detestable para mí ... es aquel hombre que dice una cosa, y oculta otra en su corazón.'
(Griego, Homero, Ilíada.)


*La adulación considerada mala.



‘Hable bondad… muestre buena voluntad.’
(Babilonio, Himno.)


*La bondad considerada correcta.





sábado, 10 de septiembre de 2016

Mero Cristianismo libro I, charla 4 - Autor: C. S. Lewis.

(10:34 min, publicado por CSLewisDoodle)


Título en inglés: ‘We have cause to be uneasy by C.S. Lewis Doodle (BBC Talk 4/Chapter 5)


Título en castellano: ‘Tenemos motivo suficiente para estar intranquilos’, por C.S. Lewis Doodle. (BBC charla 4/capítulo 5)
(Charla emitida el 27 de agosto de 1941)


Algunas notas del autor del video en la descripción:
Esta cuarta charla pasó a ser el capítulo cinco del Libro ‘Mero Crisitanismo” de Lewis, y originalmente fue llamado ‘¿Que hacemos con eso?’  0:04 Las campanadas del Big Ben son una oración en la sala donde está el reloj: “A lo largo de esta hora/ Señor, sé mi guía/ Que por Tu poder/ Ninguna pisada resbale: https://drive.google.com/file/d/0B9Mm...

Usted puede encontrar el libro aquí: http://www.amazon.com/Mere-Christiani...


Nota de la traductora:
1) Usé como base esta traducción de “Mero cristianismo’ https://elteologillo.files.wordpress.com/2012/08/13294388-mero-cristianismo.pdf


Mero Cristianismo, por C. S. Lewis.


Tenemos motivo suficiente para estar intranquilos.


Terminé mi última emisión con la idea de que en la ley moral ‘alguien’ o ‘algo’ desde más allá del universo material estaba, realmente, queriendo llegar a nosotros. Y supongo que cuando llegué a ese punto algunos de ustedes sintieron cierto fastidio. Pueden incluso haber pensado que yo les había tendido una trampa —que había estado envolviendo cuidadosamente, para que pareciera filosofía, lo que resulta ser una “cháchara religiosa” más. Puede que hayan sentido que estaban dispuestos a escucharme mientras pensaran que tenía algo nuevo que decir; pero si resulta ser sólo religión, ¡bueno, el mundo ha intentado eso y no se puede retrasar el reloj! [retroceder en el tiempo]. Si alguien se está sintiendo de esa manera, me gustaría decirle tres cosas:


En primer lugar, en cuanto a retrasar el reloj, ¿pensarían que estaría bromeando si dijera que el reloj se puede retrasar, y que si el reloj tiene la hora equivocada es a menudo algo muy sensato de hacer? Pero preferiría alejarme de toda esa idea de los relojes.
Todos queremos progreso. Pero progreso significa acercarse más al lugar donde usted quiere estar. Y si usted ha tomado un camino equivocado, entonces avanzar no lo lleva más cerca. Si se está en el camino equivocado, progreso significa dar una media vuelta y volver al camino correcto; y en ese caso, el hombre que se devuelve antes es el hombre más progresivo. Todos hemos visto esto cuando hacemos cálculos aritméticos. Cuando he empezado una suma de la manera equivocada, cuanto antes admita esto y retroceda y empiece de nuevo, más rápido voy a progresar. No hay nada de progresivo en ser cabeza dura [testarudo] y rehusar a admitir un error. Y creo que si usted observa el estado actual del mundo, es bastante evidente que la humanidad ha estado cometiendo un gran error. Estamos en el camino equivocado. Y si eso es así, debemos volver atrás. Volver atrás es la manera más rápida de avanzar.


En segundo lugar, esto todavía no se ha convertido exactamente en una “cháchara religiosa”. No hemos llegado aún al Dios de ninguna religión propiamente tal, y menos aún al Dios de esa religión particular llamada cristianismo. Solamente hemos llegado hasta un Alguien o un Algo que está detrás de la ley moral. No estamos tomando nada de la Biblia o de las iglesias; estamos intentando ver qué podemos descubrir acerca de este Alguien por nuestra propia cuenta. Y quiero dejar muy claro que lo que descubrimos por nuestra propia cuenta es algo que nos conmociona. Tenemos dos pequeñas evidencias acerca del ‘Alguien’.
Una, es el universo que Él ha hecho. Si usáramos eso como nuestra única pista, entonces creo que tendríamos que llegar a la conclusión de que Él fue un gran artista (porque el universo es un lugar muy bello), pero también que Él es bastante despiadado y no es amigo del hombre (porque el universo es un lugar muy peligroso y aterrador).
La otra pequeña evidencia es esa ley moral que Él ha puesto en nuestras mentes. Y ésta es una mejor evidencia que la otra, porque es información confidencial. Se descubre más acerca de Dios a través de la ley moral que a través del universo en general, del mismo modo que se descubre más acerca de un hombre escuchando su conversación, que mirando la casa que ha construido. Bien, de este segundo indicio de evidencia llegamos a la conclusión de que el Ser detrás del universo está intensamente interesado en la conducta correcta —en el juego limpio, el altruísmo, el coraje, la buena fe, la honestidad y la veracidad.
En ese sentido deberíamos estar de acuerdo con el reporte proporcionado por el cristianismo y otras religiones, de que Dios es “bueno”. Pero no vayamos demasiado deprisa aquí. La ley moral no nos da ninguna base para pensar que Dios es “bueno” en el sentido de ser indulgente, o blando, o simpático.  No hay nada indulgente acerca de la ley moral. Es tan dura como el acero. Le dice a usted que haga lo correcto y parece no importarle cuán doloroso, peligroso, o difícil que es hacerlo. Si Dios es como la ley moral, entonces Él no es blando.  En esta etapa no sirve de nada decir que a lo que usted se refiere con Dios “bueno” es a un Dios que puede perdonar. Usted está yendo demasiado rápido. Sólo una Persona puede perdonar. Y aún no hemos llegado tan lejos como a un Dios personal —únicamente hasta un Poder detrás de la ley moral, y más parecido a una mente que a cualquier otra cosa. Pero todavía puede ser muy diferente de una Persona.
Si es una mente impersonal pura, puede no tener sentido pedirle que haga excepciones con usted, o que lo absuelva, del mismo modo que no tiene sentido pedirle a la tabla de multiplicar que lo excuse cuando usted saca mal sus cuentas. Es seguro que usted va a obtener la respuesta equivocada. Y tampoco sirve de nada decir que si hay un Dios de ese tipo —una bondad impersonal absoluta— entonces a usted no le gusta, y no va a inmutarse por Él; porque el problema es que una parte de usted está de Su parte, y está realmente  de acuerdo con Su desaprobación de la avaricia, el engaño y la explotación. Puede ser que usted quiera que Él haga una excepción en el caso suyo, que lo absuelva por esta única vez; pero en el fondo usted sabe que, a menos que el Poder que hay detrás del mundo —de verdad e inalterablemente— deteste esa clase de comportamiento, entonces Él no puede ser bueno. Por otro lado, sabemos que si sí existe una bondad absoluta ésta debe detestar la mayor parte de lo que hacemos. Ése es el terrible aprieto en el que nos encontramos.
Si el universo no está gobernado por una bondad absoluta, entonces todos nuestros esfuerzos son, a la larga, inútiles. Pero si lo está, entonces nos estamos enemistando con esa bondad todos los días; y no es en lo más mínimo probable que mañana lo hagamos mejor, de modo que, nuevamente, nuestro caso es desesperado. No podemos hacerlo sin ella, y no podemos hacerlo con ella. Dios es el único consuelo; Él es también el terror supremo: lo que más necesitamos y aquello de lo que más queremos escondernos. Él es nuestro único posible aliado, y nos hemos hecho Sus enemigos. Algunas personas hablan como si encontrarse con la mirada de la bondad absoluta fuera divertido. Tienen que volver a pensarlo. Todavía están solamente jugando con la religión. La Bondad es, o la gran seguridad, o el gran peligro, según la manera en que se reaccione a ella. Y nosotros hemos reaccionado de la manera equivocada.


Ahora, mi tercer punto. Cuando elegí llegar a mi verdadero tema de esta manera indirecta, no estaba intentando tenderle ninguna trampa a usted. Tenía una razón diferente. Mi razón era que el cristianismo sencillamente no tiene sentido, hasta que usted ha enfrentado el tipo de hechos que he estado describiendo.
El cristianismo le dice a la gente que se arrepienta, y le promete perdón. Por lo tanto, no tiene nada que decir —hasta donde sé—  a personas que no perciben que han hecho algo por lo que deban arrepentirse, y que no perciben que necesitan perdón. Es después de que uno se ha dado cuenta de que existe una ley moral real, y un Poder detrás de la ley, y de que usted ha infringido esa ley y se ha puesto a mal con ese Poder —es después de todo esto, y no un momento antes— que el cristianismo empieza a hablar. Cuando uno sabe que está enfermo, escuchará al médico. Cuando uno se ha dado cuenta de que nuestra posición es casi desesperada, empezará a entender de qué están hablando los cristianos. Ellos ofrecen una explicación de cómo hemos llegado a nuestro estado actual de, a la vez, detestar y amar la bondad. Ellos ofrecen una explicación de cómo Dios puede ser esta mente impersonal detrás de la ley moral y, además, también una Persona. Le dicen a usted cómo las exigencias de esta ley, que ni ustedes ni yo podemos cumplir, han sido cumplidas a nuestro favor; cómo Dios mismo se hace hombre para salvar al hombre de la desaprobación de Dios.
Es una vieja historia y si usted quiere profundizar en ella tendrá, sin duda, que consultar a personas que tienen más autoridad que yo para hablar sobre ella. Todo lo que estoy haciendo es pedirle a la gente que enfrente los hechos —entender las preguntas que el cristianismo afirma responder. Y son hechos muy aterradores. Me gustaría que fuera posible decir algo más agradable. Pero debo decir lo que pienso que es verdad. Por supuesto, estoy bastante de acuerdo en que la religión cristiana es, a la larga, indeciblemente consoladora.  Pero no empieza con consuelo; empieza con el desaliento que he estado describiendo, y no sirve de nada pasar al consuelo sin haber pasado primero por el desaliento. En la religión, como en la guerra y todo lo demás, el consuelo es la única cosa que no se puede obtener buscándolo.

Si usted busca la verdad, puede encontrar consuelo al final. Si usted busca consuelo, no obtendrá ni consuelo ni verdad, únicamente adulación y esperanzas ilusorias [basadas en quimeras] para empezar y, al final, desesperación. La mayoría de nosotros ha superado las esperanzas ilusorias acerca de la política internacional. Es hora de que hagamos lo mismo acerca de la religión.